Chupándonos la sangre

Está el tiempo atmosférico como nuestro país, nadie sabe cómo, o con qué noticia, nos vamos a levantar mañana. Hace dos semanas tuvimos un tiempo casi veraniego, con unas mínimas extremadamente altas para la época; la semana pasada, por el contrario, las temperaturas bajaron hasta devolvernos el invierno que no habíamos tenido. Parece ser que en la semana que empezamos vuelve la primavera, pero habrá que esperar a verlo. Es lo que tiene el haber cambiado el clima, que las previsiones no pueden hacerse más allá de unas pocas horas, pues la variabilidad atmosférica se ha acelerado como nunca antes se había visto. La mayoría de la gente piensa que el cambio climático iba a ser exclusivamente de aumento del calor, sin que hubiera que tener en cuenta otras variables.

Quizá hemos sido los propios estudiosos de la naturaleza los que, a fuerza de utilizar el término calentamiento global, hemos contribuido a que sea ese el concepto que maneja mayoritariamente la población. Y no, no tiene nada que ver, aunque es bien cierto que la temperatura media del planeta está en aumento día tras día. Este calentamiento a escala planetaria está produciendo múltiples variaciones en la vida terrestre, desde el movimiento acelerado de especies, sean animales o vegetales, que encuentran acomodo en sitios que, hasta hace pocas décadas, no podrían aguantar, hasta la virulencia de determinados sucesos meteorológicos, muchísimo más agresivos y recurrentes: huracanes, tormentas, sequías, etc.

Una especie que, cuando vuelva el calor, se desenvuelve estupendamente en casi todo tipo de climas, siempre que hay un mínimo calorífico, son los mosquitos, de los que existen más de 3500 especies. Si hubiera que definir una característica común de todos ellos, junto a su pequeño tamaño y su capacidad de volar, señalaría que siempre son las hembras las que necesitan beber sangre, como fuente de proteínas para sus huevos, y, por lo tanto, las más molestas. Molestas para nosotros, los humanos, que somos uno de sus presas favoritas, si bien es cierto que la atracción va por persona y, mientras a alguna gente no le pican jamás, otros tenemos la desgracia de ser poderosos imanes para abastecerlas de sangre. Aun siendo todavía desconocidos los agentes que los atraen, parece ser que son ciertas sustancias de nuestro sudor las que los atraen, entre las que destacan el ácido láctico, el amoniaco, el CO2 que expiramos y un compuesto volátil llamado sulcatona, una feromona que los humanos “bordamos” en su síntesis natural.

Olor personal, característico, lo tenemos todos, unos más fuertes que otros, por mucho que queramos enmascararlo con perfumes y desodorantes, y eso lo saben estos pequeños diablos; mientras ciertas personas no reciben ni un solo picotazo, otros, entre los que me incluyo, formamos parte de sus festines. Y nada tiene que ver, como defiende la creencia popular, el tener sangre más dulce, sino que son otros los factores implicados: a mayor tamaño corporal, más señales químicas emitimos; el nivel de estrógenos influye en dicha atracción, de ahí que las embarazadas sean más propensas a ser picadas; nuestro metabolismo también influye, pues sienten mayor atracción hacia las personas con un calor interno elevado, un metabolismo más acelerado; los microorganismo de nuestra epidermis, de nuestra piel, varían según la persona, y los mosquitos prefieren a los que menos diversidad microbiana poseen, o poseemos. Como sufrimos con la llegada del buen tiempo, no hace falta tener un gran tamaño para incordiar… y estaremos mejor si no quitamos las telarañas hasta el otoño.

http://salamancartvaldia.es/not/147940/chupandonos-la-sangre/

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